SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA: FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Beato Juan Pablo II (1920-2005), papa
Encíclica “Dominum et vivificante”

“Recibid el Espíritu Santo”

    Los acontecimientos pascuales —pasión, muerte y resurrección de Cristo— son también el tiempo de la nueva venida del Espíritu Santo, como Paráclito y Espíritu de la verdad (Jn 14,16-17)… Son el tiempo del “nuevo inicio” de la comunicación de Dios uno y trino a la humanidad en el Espíritu Santo, por obra de Cristo Redentor. Este nuevo inicio es la redención del mundo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16) Ya en el “dar”el Hijo, en este don del Hijo, se expresa la esencia más profunda de Dios, el cual, como Amor, es la fuente inagotable de esta dádiva. En el don hecho por el Hijo se completan la revelación y la dádiva del amor eterno: el Espíritu Santo, que en la inescrutable profundidad de la divinidad es una Persona-don, por obra del Hijo, es decir, mediante el misterio pascual es dado de un modo nuevo a los apóstoles y a la Iglesia y, por medio de ellos, a la humanidad y al mundo entero.

La expresión definitiva de este misterio tiene lugar el día de la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, “nacido del linaje de David”, como escribe el apóstol Pablo, es “constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1,3-4). Puede decirse, por consiguiente, que la “elevación” mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios, “lleno de poder”. Y este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo… mi espíritu” (Ez 36,26-27),  por otra cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: “Si me voy, os lo enviaré”(Jn 16,7)  Es él: el Espíritu de la verdad, el Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado.

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